viernes, octubre 24, 2025

Crecemos en el silencio

 

Hace unos 40 años viví una experiencia única: ¡40 días de oración, reflexión, lectura de la Biblia y… SILENCIO! Al principio, no fue fácil. Luego, fue una de las más maravillosas cosas que he hecho por mi vida emocional y espiritual. Y, por eso, hoy quiero hablarles del silencio.

En una época marcada por el ruido constante —de pantallas, opiniones, urgencias y notificaciones— el silencio se ha convertido en un lujo escaso o en algo que nos es difícil (porque la verdad es que el ruido no es solo externo, también va por dentro). Y, sin embargo, es esencial para nuestro crecimiento.

 El silencio no es vacío ni pasividad; es, como señala Gentry (2021), “espacio para pensar mejor, decidir con calma y actuar con propósito”. En él, la mente se ordena, el alma se aquieta y el corazón se dispone a escuchar lo que realmente importa. Crecer como persona implica aprender a habitar ese silencio interior donde florecen la introspección, la claridad y la sabiduría.

 Desde una perspectiva cristiana, el silencio es el terreno fértil donde Dios habla. En la Biblia, Elías descubre que el Señor no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino “en el susurro apacible” (1 Reyes 19:12). Esa escena resume la pedagogía divina: solo quien calla por dentro puede escuchar la voz de Aquel que orienta, consuela y da sentido. El silencio, entonces, se convierte en oración sin palabras, en un acto de fe que nos libera de la necesidad de controlar y nos abre a la presencia amorosa de Dios.

Para el líder, el silencio es también una forma de autoridad serena. Un líder que calla sabe escuchar, observa antes de hablar, y no reacciona impulsivamente ante la presión. En el silencio madura la prudencia, virtud indispensable para guiar a otros con justicia y compasión. No hay liderazgo verdadero sin la capacidad de detenerse, discernir y actuar desde la paz interior. Los grandes líderes espirituales y sociales se distinguieron no solo por lo que dijeron, sino por la profundidad con que supieron guardar silencio para comprender mejor el momento y las personas a su alrededor.

 Lejos de ser una experiencia de soledad estéril, el silencio nos reconcilia con nuestra humanidad. Nos recuerda que no todo requiere respuesta inmediata, que muchas veces crecer implica esperar, escuchar y confiar.

Por tanto, cultivar el silencio no es huir del mundo, sino aprender a habitarlo con mayor plenitud. En un mundo ruidoso, quien elige el silencio elige también la profundidad; quien calla sabiamente, se escucha mejor a sí mismo, a los demás y a Dios.

 “Guarda silencio ante el Señor y espera en Él.” (Salmo 37:7)

GRATAVIDA

 

sábado, octubre 18, 2025

Las tareas escolares de nuestros hijos

 Sábados de fe y vida

ALGUNOS TIPS SOBRE LAS TAREAS ESCOLARES DE NUESTROS HIJOS

La infancia debería ser un tiempo de descubrimiento, juego y aprendizaje gozoso. Sin embargo, en muchos casos se convierte en una etapa marcada por la sobrecarga escolar. En muchos casos, el exceso de tareas roba a los niños un derecho fundamental: el derecho al tiempo libre y a una vida equilibrada.

Para muchos niños queda poco espacio para el descanso. Nuestro ritmo frenético parece también traspasarse a los niños, obligándoles a vivir bajo presión constante y con escaso margen para el disfrute (que no significa tener tiempo para las pantallas, tema que ya hemos tratado).

El problema no es la existencia de los deberes en sí mismos, sino su cantidad, su falta de adaptación y el escaso respeto por la diversidad de ritmos y capacidades. Para un niño con dislexia o con déficit de atención, por ejemplo, los deberes tradicionales pueden convertirse en un tormento que afecta no solo a su aprendizaje, sino también a su autoestima.

Más que una prueba de disciplina, los deberes deberían ser un recurso creativo, flexible y razonable. Proyectos de investigación, actividades prácticas o lecturas escogidas libremente pueden resultar mucho más significativos que páginas enteras de ejercicios repetitivos.

Leyendo un libro titulado “Cómo sobrevivir a los deberes de tu hijo”, extrajimos los siguientes tips propios para nuestra cultura:

Tips para padres

1.    No midas la valía de tu hijo por la cantidad de deberes hechos. La responsabilidad se mide por la actitud, no por el número de páginas completadas.

2.    Convierte la casa en un espacio de aprendizaje vivo. La cocina puede ser un laboratorio de matemáticas, y el parque un aula de ciencias.

3.    Evita las comparaciones. No digas “tu hermano lo hace más rápido” o “tus compañeros ya terminaron”. Cada niño tiene su propio ritmo y capacidad.

4.    Mantén una relación de respeto con los maestros. Expón tus inquietudes con argumentos claros y ofrece propuestas de mejora.

5.    Defiende el derecho al tiempo libre. Recuerda que jugar, descansar y pasar tiempo en familia son aprendizajes tan valiosos como los académicos.

6.    Enseña a tu hijo a reconocer sus límites. Anímalo a decir “ya es suficiente” cuando la carga escolar lo sobrepasa.

7.    Apoya el aprendizaje autónomo. En lugar de supervisar cada detalle, ofrécele recursos para que encuentre sus propias soluciones.

 GRATAVIDA

 

 

sábado, octubre 11, 2025

Empresas familiares y salud socio-emocional

LA SALUD SOCIO-EMOCIONAL: CLAVE EN LAS EMPRESAS FAMILIARES

El desafío está en construir estructuras emocionales tan sólidas como las financieras

Milton Tejada C.

Tomada del estudio citado.
En mayo de 2023 realizamos el “Estudio de Impacto – Labor del CDEF en el fortalecimiento de las empresas familiares en República Dominicana”. Esta investigación fue hecha junto a Carolina Féliz para la Asociación de Industriales de la Región Norte (AIREN), con el auspicio del ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM).

Al abordar los subsistemas clave de una empresa familiar destacamos como fundamental la familia y sus relaciones. La recomendación de expertos internacionales favorece el establecimiento de un Consejo de Familia (especialmente si la empresa a sobrevivido y ha llegado a la tercera generación) que tiene, entre otros objetivos, mantenerse al tanto de la marcha de la empresa, sus objetivos generales, desarrollar un plan de capacitación de la próxima generación, un plan de sucesión, resolver conflictos particulares y establecer y revisar un protocolo familiar.

Hoy quiero profundizar sobre un elemento clave de este subsistema que es la familia: la salud socio-emocional como factor de competitividad de las empresas familiares.

Más que negocios, son verdaderas historias de vida.

Las empresas familiares constituyen, sin exagerar, la columna vertebral de la economía dominicana y latinoamericana. No solo generan una parte significativa del empleo y del PIB, sino que sostienen valores que ninguna estrategia de mercado puede imitar: el compromiso, la continuidad, la confianza y la visión de legado. Sin embargo, en medio de las dinámicas de expansión, modernización y competencia global, se vuelve imprescindible mirar hacia adentro: hacia la dimensión humana y emocional que sostiene estos emprendimientos.

Porque una empresa familiar no sobrevive solo por sus cifras, sino por la salud emocional de quienes la integran. No es casual que muchos de los mayores conflictos empresariales surjan, no por estrategias erradas o crisis externas, sino por tensiones no resueltas, por carencias de comunicación, por heridas familiares que se infiltran en los procesos de decisión. Y es allí donde la salud socioemocional deja de ser un asunto privado para convertirse en un factor de gobernanza y sostenibilidad.

El corazón emocional de la empresa familiar

La empresa familiar es un espacio donde se entrelazan la razón económica y el afecto personal. Allí conviven los roles de padre, madre, hijo, hermano, socio y líder, a veces en una misma persona. Y ese entrecruce puede ser fuente de una fortaleza inmensa, pero también de una vulnerabilidad silenciosa.

Una familia empresaria emocionalmente saludable es aquella que logra diferenciar sin separar, que logra mantener lazos afectivos sólidos sin que estos obstaculicen la objetividad empresarial. Es aquella que comprende que el afecto no sustituye a la planificación, y que el liderazgo no se hereda: se construye y se gana con confianza, coherencia y servicio.

Como afirmaba Peter Drucker, considerado el padre del management moderno: “La cultura se desayuna a la estrategia todas las mañanas.” En el caso de las empresas familiares, podríamos decir: la salud emocional se desayuna a la rentabilidad si no se la cuida a tiempo o se le mantiene fuerte. Ninguna proyección de crecimiento será sostenible si la familia que sostiene el negocio se encuentra fragmentada, desgastada o sin propósito compartido.

Permanencia y productividad: una relación humana

La permanencia empresarial no se mide solo por los años que una compañía logra mantenerse en el mercado, sino por su capacidad de reinventarse sin perder su identidad. Y esa capacidad depende, en gran medida, de la calidad de las relaciones que la habitan.

Diversos estudios coinciden en que más del 70% de las empresas familiares no sobreviven a la segunda generación. Y cuando se analiza por qué, la respuesta rara vez está en los números. Está en la comunicación rota, en los liderazgos mal gestionados, en la falta de protocolos familiares, en la ausencia de espacios para hablar de emociones, de expectativas, de frustraciones.

La salud socioemocional —entendida como la capacidad de manejar las emociones propias y las relaciones interpersonales con equilibrio, empatía y autoconciencia— se convierte entonces en una ventaja competitiva. Un equipo familiar emocionalmente sano toma mejores decisiones, innova con menos miedo, maneja el conflicto con madurez y entiende que el éxito no es solo ganar dinero, sino también preservar vínculos y sentido.

De nada sirve una empresa rentable si la familia se rompe en el proceso. De poco vale un apellido en la fachada si dentro de las paredes reina la desconfianza. La verdadera herencia de una familia empresaria no es el capital acumulado, sino el clima emocional que deja a las siguientes generaciones.

La satisfacción familiar como indicador de éxito

Hay quienes miden el éxito en números. He aquí otro indicador: la satisfacción familiar. No es un concepto romántico: es una condición estratégica. Una familia satisfecha con su rol dentro de la empresa muestra niveles más altos de compromiso, productividad y cooperación. Cuando los miembros sienten que sus voces son escuchadas, que las decisiones son justas y que su bienestar importa, la empresa florece.

Aquí entra en juego un elemento clave: el equilibrio entre familia, empresa y propiedad. Cada esfera tiene su lógica, sus tiempos, sus reglas. Cuando una familia logra establecer espacios diferenciados —reuniones de negocio, encuentros familiares, órganos de gobierno— y mantener una comunicación transparente, los conflictos se vuelven manejables y la confianza se fortalece.

El desafío está en construir estructuras emocionales tan sólidas como las financieras. Así como se planifican las inversiones o los presupuestos, deben planificarse también las conversaciones difíciles, los procesos de sucesión, los momentos de descanso y los espacios de gratitud. Porque la salud socioemocional se cultiva, no se improvisa.

Hacia una visión integral de la sostenibilidad

Hablar hoy de sostenibilidad no puede limitarse al medio ambiente o a los indicadores económicos. Una empresa verdaderamente sostenible es aquella que cuida el alma de su organización. Y el alma de la empresa familiar es su gente.

Esa sostenibilidad emocional implica educar a las nuevas generaciones no solo en gestión, sino también en inteligencia emocional, liderazgo consciente, empatía y escucha activa. Implica reconocer que la vulnerabilidad no es debilidad, sino una puerta a la autenticidad. Implica, además, promover ambientes laborales donde los colaboradores —familiares o no— se sientan parte de una historia que tiene sentido.

Quiero concluir recordando una frase de Viktor Frankl, quien decía: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.” Es la gran tarea de las familias empresarias hoy: cambiarse a sí mismas antes de que las circunstancias las obliguen a hacerlo. Revisar su forma de comunicarse, de decidir, de compartir, de ceder el testigo generacional. Comprender que cuidar la salud emocional de la familia es cuidar el futuro de la empresa.

 

viernes, octubre 10, 2025

Entendiendo a tu preadolescente

 PREADOLESCENTES: RESPONSABILIDAD, LIBERTAD Y LÍMITES

 Entenderlos y acompañarlos es fundamental para el desarrollo de su carácter

 Milton Tejada C.

La maestría en Psicología Evolutiva me llevó a establecer con claridad -en mi marco de comprensión de la realidad humana- que cada etapa del desarrollo de las personas es única, con desafíos únicos.

Una de esas etapas es la PREADOLESCENCIA. Leía recientemente un libro que ya tiene diez años: “Entiende a tu preadolescente: lo que padres y maestros debemos saber”[1], de Mark Oestreicher. Genial: un preadolescente es un “NI-E”: ya no son niños, pero tampoco son adolescentes.

 Es decir, se encuentran en una transición con grandes cambios en su cuerpo, su mente y sus emociones. ¿Entiendes esto como padre o como maestro?

 Hay algunas claves valiosas para comprender mejor a nuestros preadolescentes y para acompañarlos con inteligencia, con empatía. No lo olvides: tú eres el adulto.

 Por ejemplo, los adultos nos centramos en el desarrollo físico. “¡Cuánto está creciendo!”, decimos, pero olvidamos un elemento fundamental: el desarrollo del cerebro. Los cambios cognitivos son aún más trascendentes. El inicio del pensamiento abstracto transforma la forma en que los preadolescentes perciben el mundo, las relaciones y la fe.

 Ya no basta con respuestas simples: comienzan a hacerse preguntas más profundas, a especular sobre lo que no ven y a experimentar tensiones emocionales que antes no existían.

 Oestreicher plantea un elemento relevante: la responsabilidad.

 Ojo, queridos padres: la meta principal como padres (o como maestros) no debe ser criar “niños felices” o “mini versiones de nosotros mismos”, sino acompañar el proceso hacia la adultez.

 Clave: dar responsabilidades reales y significativas, en vez de caer en la trampa de la sobreprotección o el control excesivo. El exceso de control puede sofocar la vida de los preadolescentes y privarlos de aprendizajes esenciales que solo surgen del riesgo y del error. ¡No tengas miedo de que se equivoquen!

Debemos estar presentes (bueno, lo de debemos ya para mi es pasado, mis hijos son adultos), no como vigilantes, sino como acompañantes activos. Esto implica intencionalidad, tiempo, flexibilidad y la disposición a caminar junto a los chicos incluso en medio de sus fracasos. Estar al lado de ellos en momentos de triunfo y en momentos de dolor permite moldear su carácter y ayudarles a madurar. Ojo: moldear el carácter, esto es fundamental.

Esta etapa presenta desafío, pero también es una oportunidad de crecimiento. Los preadolescentes necesitan adultos que les inspiren confianza, que les respondan con honestidad y que les ofrezcan un equilibrio entre libertad y límites. Solo así estarán mejor preparados para asumir su vida con autonomía, fe y responsabilidad.

 Algunos tips de la lectura de Oestreicher:

 

  1. Responde preguntas difíciles con paciencia y sinceridad. No basta con decir que “es bueno preguntar”: los preadolescentes necesitan sentirse escuchados y recibir respuestas que los inviten a seguir reflexionando
  2. Valora el cambio en su cerebro tanto como el físico. Reconoce que las emociones intensas, las dudas de fe o los conflictos con las reglas son parte del desarrollo cognitivo, no simples “rebeldías”
  3. Da responsabilidades reales. La adultez comienza a formarse cuando los chicos tienen tareas significativas y viven las consecuencias de sus decisiones
  4. Prefiere el compromiso al control. Estar presente, dedicar tiempo e involucrarse en la vida de los preadolescentes impacta mucho más que imponer reglas rígidas sin relación cercana
  5. Equilibra libertad con límites claros. La libertad los ayuda a crecer, pero sin un marco se sienten abrumados o paralizados. Ajusta los límites según demuestren responsabilidad
  6. Reconoce su necesidad de independencia. Muchas veces aparentan no querer cercanía, pero en realidad es una etapa de diferenciación. No dejes de estar presente, aunque pidan distancia
  7. Acepta el error como parte del aprendizaje. Los riesgos y fracasos son espacios donde se forja el carácter y se consolidan valores duraderos


[1] . Oestreicher, M. (2016). Entiende a tu preadolescente: lo que padres y maestros debemos saber. Dallas, Texas: e625.

domingo, octubre 05, 2025

Todo se trata de Dios

 Imposible de ignorar: cuando la creación nos habla de Dios

Basado en la prédica de Loren Montalvo, 5 de octubre de 2025

 El asombro de un niño y la grandeza de Dios

A veces, las preguntas más profundas vienen de labios pequeños. “¿Cómo es Dios?”, preguntó Rafael Andrés, y su padre comprendió que responder aquello era tan complejo como explicarle a una mosca cómo se construye un edificio. Esa pregunta nos rebasa, porque nunca podremos definir completamente a Dios. Sin embargo, podemos ver cómo Él se ha revelado a nosotros: a través de su creación, de su Palabra y de su amor infinito.

 Cuando observamos la tierra desde lejos, se vuelve un punto diminuto en medio de un universo inmenso. Y si miramos con un microscopio, encontramos sistemas diminutos que funcionan con precisión asombrosa. El mismo Dios que hizo galaxias inconmensurables se detuvo a crear el detalle de una hoja o las patas de un insecto.

 Como dice Romanos 1:20: “Por medio de todo lo que Dios hizo, ellos pueden ver a simple vista las cualidades invisibles de Dios: su poder eterno y su naturaleza divina.”

 Cada rincón del universo es una pista del carácter de Dios. Él se revela en lo grande y en lo pequeño.

 Un Dios sin límites, omnisciente y todopoderoso

Dios no tiene los límites del tiempo ni del espacio. Él siempre ha existido y siempre existirá. Es omnisciente —todo lo sabe—, como nos recuerda Hebreos 4:7, y todopoderoso, porque todo fue creado por Él, por medio de Él y para Él.

 Y, aun así, ese Dios inmenso se interesa por nosotros. No porque nos necesite —pues Él nada necesita—, sino porque nos ama. En su grandeza, Dios ha decidido acercarse al ser humano, invitarnos a su presencia y mostrarnos misericordia.

 El Dios justo y santo

En un mundo donde todo parece relativo, Dios permanece como la medida absoluta de lo justo. Mientras los hombres cambian sus estándares, el Señor no se mueve de los suyos: da a cada uno lo que le corresponde, sea recompensa o corrección.

 Muchos se atreven a cuestionar a Dios, pretendiendo que se ajuste a su lógica o emociones. Pero Dios no se equivoca. Cuando nuestras ideas no coinciden con las suyas, somos nosotros quienes debemos corregir el rumbo. “Dios es amor”, y en Él no hay sombra de maldad.

 Isaías comprendió esto cuando vio la gloria del Señor y exclamó: “¡Ay de mí, que tengo labios impuros!” (Isaías 6). Su encuentro con la santidad divina lo llevó a reconocerse pequeño y necesitado de gracia. Lo mismo sucedió con Moisés, quien solo con ver un reflejo de la presencia divina regresó con el rostro resplandeciente.

 Cuando comprendemos quién es Dios

Pensar en quién es Dios debería transformar todo: cómo oramos, cómo vivimos, cómo amamos y cómo enfrentamos los problemas. Lo que nos parece enorme se vuelve diminuto ante la inmensidad del Creador.

 El Dios de majestad infinita es también el Dios que nos invita a acercarnos:

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16)

 Él no necesita amarnos, pero lo hace. No necesita buscarnos, pero nos busca. Y eso cambia todo.

 Todo se trata de Dios

En cien o ciento cincuenta años, nadie recordará nuestros nombres. Ni los premios, ni las posiciones, ni los logros permanecerán. Porque la vida no se trata de nosotros, sino de Dios. Hemos sido creados para darle gloria, y solo así habremos vivido bien.

 Todo —nuestros hijos, trabajos, posesiones, relaciones y talentos— tiene un propósito: reflejar su gloria. Vivimos para Él, y esa es nuestra verdadera plenitud.

 Un ejercicio para el alma

Esta semana, antes de orar, pensemos en el Dios que hizo el universo, que diseña los detalles más diminutos y que, aun siendo tan grande, nos ama con ternura. Ese es el Dios al que adoramos.

 Recordemos: su poder es inmenso, su justicia perfecta, su amor inagotable.

Y ante tal grandeza, solo queda una respuesta: vivir para Él.

 “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento muestra la obra de sus manos.” (Salmos 19:1)

sábado, octubre 04, 2025

Padres, hijos y comunicación

Sábados de fe y vida

ESCUCHAR PARA EDUCAR: EL ARTE DE HABLAR CON NUESTROS HIJOS

Una guía para padres que buscan transformar la comunicación en su hogar

El libro Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen de Adele Faber y Elaine Mazlish es mucho más que un manual de crianza: es una invitación a transformar la comunicación en el hogar. Surgido de talleres con padres, maestros y psicólogos, su propósito es brindar herramientas prácticas para que la convivencia con los hijos no se base en la imposición ni en la indiferencia, sino en la comprensión y el respeto mutuo. Como expresan las autoras, “nuestra meta más importante es la constante búsqueda de métodos que afirmen la dignidad y la humanidad tanto de los padres como de los hijos”.

Confieso que en la crianza de mis hijos no siempre fui un modelo de comunicación adecuada. Quizás  por eso puedo hablar desde el aprender de los errores, con la confianza de que otros no cometan los míos.

 Si deseas que te envíe la guía en formato digital, escríbeme un mensaje directo. No dejes de escribirnos sobre tus consejos, inquietudes, experiencias sobre este tema.

 El poder de aceptar los sentimientos

Una de las enseñanzas fundamentales de este libro es la importancia de reconocer y validar los sentimientos de los niños. Con frecuencia, los padres reaccionan negando o corrigiendo las emociones: “No puedes estar cansado, acabas de dormir” o “Ese programa no es aburrido, fue educativo”. Sin embargo, estas respuestas desconectan a los hijos de sus propias percepciones y generan frustración.

 Las autoras proponen estrategias simples pero transformadoras: escuchar con atención, responder con una palabra empática (“Ya veo”, “Mmm”), dar nombre a los sentimientos (“Debió ser muy decepcionante”) y conceder en la imaginación lo que el niño desea (“Ojalá pudiéramos comer helado todos los días”). De esta forma, el niño se siente comprendido y puede autorregularse. Como sintetizan las autoras: “Todos los sentimientos pueden aceptarse. Ciertas acciones deben restringirse”.

 Cómo obtener cooperación sin gritos ni sermones

Otro eje central del libro es enseñar a los padres que la cooperación se logra mejor sin amenazas ni largos discursos. Los niños responden positivamente a mensajes claros y visuales: describir la situación (“La leche se derramó en el piso”), dar información concreta (“el juguete debe guardarse en su caja”), expresar sentimientos (“me molesta encontrar zapatos en la sala”) o escribir notas de recordatorio (“apaga la luz cuando salgas”). Estos métodos sustituyen el clásico regaño por herramientas que invitan a la responsabilidad.

 Las autoras enfatizan que el ejemplo y la claridad pesan más que la crítica. Así, los padres pueden “obtener cooperación sin humillar ni controlar en exceso”.

 Alternativas al castigo: enseñar sin herir

El libro dedica un capítulo a mostrar caminos distintos al castigo tradicional. En lugar de sancionar con gritos o privaciones, se sugieren alternativas como señalar una forma de ser útil, expresar una desaprobación enérgica, pero sin atacar el carácter del niño, indicar expectativas claras, ofrecer elecciones y permitir que los hijos experimenten las consecuencias naturales de sus actos

 De este modo, los niños aprenden responsabilidad sin resentimiento. Como advierten las autoras: “Para muchos niños, estos enfoques bastarían para alentarlos a actuar de una manera más responsable

 Fomentar la autonomía: crecer con confianza

Faber y Mazlish insisten en que los padres no deben hacer todo por los hijos, sino darles espacio para crecer. Fomentar la autonomía implica permitir que los niños tomen decisiones (“¿Quieres ponerte los pantalones grises o los rojos?”), respetar sus esfuerzos, no hacer demasiadas preguntas, no apresurarse a dar respuestas y animarlos a buscar recursos fuera del hogar

 La autonomía fortalece la autoestima. Al confiar en ellos, los padres transmiten un mensaje poderoso: “Eres capaz, puedes hacerlo”. Esto no significa dejarlos solos, sino acompañarlos con respeto y apoyo.

 La importancia de la alabanza adecuada

Otro tema clave es cómo alabar a los hijos. Una alabanza mal dirigida puede generar dependencia o presión. En cambio, la recomendación es describir lo que se observa y reconocer el esfuerzo, en lugar de emitir juicios globales como “Eres el mejor”. Por ejemplo, decir “Ordenaste tus juguetes con mucho cuidado” ayuda al niño a verse como alguien responsable, sin necesidad de buscar constantemente aprobación externa.

 Liberarlos de los roles que los limitan

El libro también aborda cómo evitar encasillar a los hijos en roles rígidos (“el travieso”, “la responsable”, “el flojo”). Tales etiquetas condicionan el desarrollo y dificultan la relación entre hermanos. Para romper esos patrones, se sugiere mostrar nuevas perspectivas, ofrecer oportunidades diferentes y destacar cambios positivos.

 Una nueva forma de relacionarse en familia

Al final, Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen propone un cambio profundo: pasar de la autoridad basada en el miedo a la autoridad basada en la empatía, la comunicación y el respeto. Los ejemplos muestran que los niños no necesitan sermones, sino adultos que sepan escuchar y guiar. Como concluyen las autoras: “Lo que a las personas de cualquier edad les gusta escuchar en un momento de aflicción no es una palabra de acuerdo o de desacuerdo: necesitan que alguien reconozca lo que están experimentando”.

 En conclusión

Esta obra conecta con la experiencia real de los padres y ofrece recursos prácticos para la vida cotidiana. Su mensaje es claro: una comunicación respetuosa no sólo mejora la convivencia en el hogar, sino que prepara a los hijos para ser adultos seguros, responsables y capaces de manejar sus emociones. Educar, en definitiva, es aprender a escuchar con el corazón.

 Referencia:

Faber, A., & Mazlish, E. (2007). Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen. Centro de Atención y Servicios Psicológicos VivirLibre.org.

GRATA VIDA