Milton Tejada C.
21 de enero, 2026
Hay días en que uno duerme lo suficiente… y aun así se despierta cansado.
No es el cuerpo.
Es otra cosa.
Es un cansancio que no siempre se nota por fuera, pero
que pesa por dentro. No aparece en análisis médicos ni se corrige con una
siesta. Es el cansancio de vivir acelerados, de cumplir expectativas, de
sostener responsabilidades, de estar siempre “bien” para los demás.
Muchos no están agotados porque trabajan demasiado.
Están agotados porque no descansan nunca por dentro.
El cansancio existencial
Vivimos en una cultura que premia la productividad
constante. Siempre hay algo que hacer, que responder, que resolver. Incluso
cuando el cuerpo se detiene, la mente sigue funcionando. Y cuando la mente
calla, el corazón sigue cargando.
Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que critica la
“sociedad del rendimiento”, lo expresa con claridad:
“El mayor cansancio no es el del cuerpo, sino el de
una vida sin pausa interior.”
Tal vez por eso dormir no siempre basta.
Hay un tipo de agotamiento que nace del ruido
constante, de la presión por demostrar, de la autoexigencia permanente. Un
cansancio que no distingue creencias. Lo siente el creyente y el no creyente.
Lo siente quien ora y quien no sabe cómo hacerlo. Lo siente quien tiene
palabras para Dios y quien solo tiene un nudo en el pecho.
Ese cansancio es profundamente humano.
Una invitación antigua… y vigente
Hace más de dos mil años, alguien miró a la gente
cansada. Gente común. Gente con problemas. Gente sin respuestas claras. Y no
les ofreció una técnica, ni una fórmula, ni un plan de éxito.
Jesús dijo algo profundamente humano:
“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados,
y yo los aliviaré.”
No dijo: “piensen como yo”.
No dijo: “ordenen primero su vida”.
No dijo: “expliquen su situación”.
Dijo: “Vengan”.
Como quien abre un espacio.
Como quien entiende que antes de cambiar la vida, hay que aliviar el peso que
llevamos por dentro.
Para quienes creemos, ese descanso tiene un nombre y
un rostro. Para otros, puede ser simplemente el primer momento honesto consigo
mismos. Pero el punto de partida es el mismo para todos: reconocer que estamos
cansados.
Y reconocerlo no es debilidad. Es verdad.
El descanso que no se compra
No todo cansancio se cura durmiendo porque no todo
cansancio viene del esfuerzo físico. Algunos vienen del vacío. Del ruido. De la
falta de sentido. De no saber para qué hacemos lo que hacemos.
Y esos cansancios piden otra cosa:
presencia.
silencio.
acogida.
Nadie puede cargar solo con todo.
Quizás hoy no necesitas más horas de sueño.
Quizás necesitas una pausa interior.
Un lugar donde no tengas que demostrar nada.
Un momento donde puedas decir con honestidad: “Estoy cansado”.
Y desde ahí —solo desde ahí— puede empezar un descanso
verdadero.
Preguntas para hoy
Más allá del trabajo y las responsabilidades…
¿De qué estás realmente cansado?
¿Cuándo fue la última vez que te diste permiso para
parar por dentro?
En GRATA VIDA no buscamos respuestas rápidas.
Queremos abrir espacios.
Porque el descanso profundo no empieza cuando cerramos
los ojos, sino cuando dejamos de cargar solos.
GRATA VIDA para todos y todas.
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