Antes de juzgar a un adolescente que ha cometido un delito, hagámonos una pregunta:
¿Qué historia carga ese muchacho?
En República Dominicana, siete de cada diez adolescentes recluidos por conflictos con la ley vivían en condición de calle cuando fueron detenidos.
Muchos
abandonaron la escuela.
Algunos ni siquiera saben leer o escribir.
Y, según los especialistas, hay jóvenes que nunca recibieron un abrazo de su
familia.
Entonces
buscaron pertenecer a algún lugar.
Y la banda les dio lo que el hogar no pudo dar:
identidad,
protección,
un nombre,
aunque fuera a un precio terrible.
Eso no
justifica el delito.
Las víctimas merecen justicia.
Pero si solo
castigamos y no sanamos las heridas que llevaron a esos jóvenes hasta allí,
seguiremos produciendo nuevas víctimas y nuevos victimarios.
La Biblia
nos recuerda:
"El Señor está cerca de los quebrantados de corazón." (Salmo
34:18)
Quizá la
pregunta no sea únicamente:
¿Qué hicieron?
Sino
también:
¿Qué les pasó para llegar hasta ahí?
Porque una
sociedad verdaderamente justa no solo corrige el mal.
También trabaja para que menos niños tengan que buscar una familia... en una
pandilla.
GRATA
VIDA.
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